Monedas

Compra y vende monedas en Panamá.

Las monedas panameñas dicen su propia ley: los balboas viejos traen la pureza de la plata y el peso en gramos grabados en la cara, y eso las vuelve fáciles de revisar. Aquí caben piezas nuevas y usadas, desde la diminuta moneda de plata de 1904 que los coleccionistas llaman Panama pill y los balboas grandes de los años treinta hasta las cuaras de colores del Canal y los martinellis que todavía salen en el vuelto. También las certificadas en cápsula, las conmemorativas de plata en estuche y los frascos de monedas extranjeras traídas de viaje. La fecha, el estado y el metal fijan el precio; el valor facial casi nunca.

Los balboas acuñados desde la Panama pill de 1904:

son el centro de casi toda colección local. La primera serie de la república se acuñó en plata en la casa de moneda de Filadelfia, y su moneda más chica era tan diminuta que los coleccionistas la bautizaron Panama pill. Desde los años treinta, el décimo, el cuarto, el medio y el balboa grande llevaron a Balboa con su casco, y fueron de plata de ley 0.900 hasta mediados de los sesenta, cuando las chicas pasaron a cuproníquel y el medio balboa a una aleación con menos plata por unos años más. Después vienen las conmemorativas de circulación: las cuaras de colores del Canal acuñadas en Canadá, los balboas de la Jornada Mundial de la Juventud y los del Bicentenario, que mucha gente aparta del vuelto. Las piezas de oro y plata hechas para coleccionistas, y no para circular, forman una serie aparte. La plata y el oro viejos que terminaron montados en joyas se juzgan más bien como antigüedades, y quien conoce las cartas coleccionables certificadas va a reconocer la lógica de la cápsula sellada que manda en las monedas caras.

El estado de conservación que pide una colección de monedas:

depende de para qué sea. Quien junta plata se fija en la ley y el peso, y paga igual por un balboa gastado que por uno nítido. El coleccionista que arma una serie por fechas paga por la fecha y, sobre todo, por la conservación: entre una moneda que pasó décadas de mano en mano y una que nunca salió del rollo del banco está toda la diferencia. Para lo caro, una moneda encapsulada y certificada por NGC o PCGS evita discutir el estado; para un juego de conmemorativas sacadas del vuelto basta un álbum o la carpeta original.

El piso de plata de un balboa anterior a 1966:

es donde arranca cualquier precio. Cada una de esas monedas vale por lo menos la plata que lleva, y la plata cambia todos los días, así que revisa el precio spot antes de poner una cifra. Por encima de ese piso mandan la fecha y el desgaste: un balboa grande de los años treinta o cuarenta anda por $70 con desgaste honesto y por $150 o más si nunca circuló, mientras que una cuara de colores del Canal o un balboa de la Jornada Mundial sacado del vuelto rara vez pasa de uno o dos dólares sobre su valor facial, porque se acuñaron para el uso diario.

El peso grabado en la propia moneda:

es la primera prueba de una pieza panameña de plata. Las monedas viejas traen la ley y el peso en gramos en la cara, así que una balanza de joyero y un calibrador resuelven mucho: las copias fundidas suelen pesar menos y tener letras blandas, superficie granulada o una costura leve en el canto. La plata no es magnética, así que si la moneda se pega al imán, descártala. Inclínala bajo una lámpara para ver si la limpiaron: quedan rayitas finas paralelas y un brillo plano, demasiado vivo, que el coleccionista castiga sin piedad. Las que pasaron años colgadas de una cadena muestran un punto de soldadura o el borde limado. Y verifica el número de certificado de una moneda encapsulada en la web del propio certificador, porque también hay cápsulas falsas.

Fotos de monedas con luz de día y sin flash:

dejan que el comprador juzgue el desgaste antes de quedar en verse. Fotografía las dos caras y el canto sobre un fondo liso, agarra las monedas por el borde y déjalas como están: nada de pulirlas ni de meterlas en líquidos. Indica la fecha, la denominación, el peso si tienes balanza y si la pieza salió de circulación, de un juego sellado o de una herencia. Un comprador serio llega con lupa y balanza de bolsillo, y piensa usar las dos. Un frasco de cuaras conmemorativas se vende mejor separado antes en diseños completos, porque el coleccionista paga por la que le falta en el álbum, no por una docena de la misma.