Paños De Cocina & Mantelerías
Compra y vende paños de cocina y mantelerías en Panamá.
Un camino de mesa armado con paneles de mola guna es la tela más panameña que puede cruzar un comedor, y convive con los textiles de cocina más sencillos, los que se gastan semana tras semana, nuevos y usados. Los manteles y los individuales se escogen por medida y por tela, los paños de cocina por cómo secan y los guantes de horno por si todavía aíslan el calor. La mola cosida a mano guarda su valor como no lo hace el algodón de tienda, así que conviene saber leer el revés de una antes de cerrar el trato.
Manteles a la medida de la mesa, no de la caja:
mide el tablero y súmale una caída de más o menos una cuarta por cada lado. Redondos, ovalados y rectangulares no se intercambian, así que un anuncio que da la forma dice más que uno que solo da el número de puestos. El algodón encoge un poco en las primeras lavadas, así que conviene comprarlo con holgura; el lino cae precioso y se arruga con mirarlo. El poliéster sale de la lavadora listo y resiste la salsa, y el vinil que se limpia con un trapo es el de la mesa donde se hacen tareas y se riega el jugo. Los caminos y los individuales cuidan el centro sin tapar la madera; los platos que van encima están en vajilla.
El paño colgado en la puerta del horno y el guante de al lado:
la tela de toalla absorbe un derrame y seca las manos, pero suelta pelusa en todo lo que toca. Un paño de tejido plano chupa menos al principio pero seca los platos sin dejar motas. Los guantes de cocina vienen en algodón acolchado, que es flexible, o en silicona, que agarra y se limpia con un trapo; cualquiera deja de proteger en cuanto está húmedo, porque el agua lleva el calor directo a la mano. Las agarraderas sirven para tapas, no para bandejas llenas; los moldes están en hornear.
Caminos de mesa e individuales con mola de Guna Yala:
una mola se hace superponiendo capas de algodón de colores, recortando las de arriba para que asomen las de abajo y doblando cada borde cortado con puntadas diminutas a mano. Las mujeres gunas las cosen como paneles de blusa, y muchas terminan en caminos e individuales que llevan semanas de trabajo y se lavan en frío, a mano y aparte. La mantelería común es barata nueva: un camino de mesa o un juego de tres paños cuesta entre $10 y $20, y la usada sencilla casi siempre se vende todavía empacada o como parte de un juego completo. Con la mola pasa al revés. Un panel mediano bien cosido se vende entre $20 y $60, y las piezas grandes y densas pasan de $100, así que un camino o un juego de individuales se cotiza por la mola que lleva, no por la tela que la rodea. Usadas se valoran igual; lo que les resta son los colores corridos y las puntadas sueltas.
El revés de una mola y los dobleces de un mantel guardado:
antes que nada, voltea la mola. El revés de una cosida a mano muestra los bordes doblados y las puntadas pequeñas de cada corte; una copia estampada tiene el revés liso, y una hecha a máquina muestra una costura pareja y continua. Las líneas que ondulan un poco son señal de manos, no un defecto. En cambio, un halo rosado que se mete en el color vecino quiere decir que la lavaron en caliente y el tinte se corrió, y eso ya no sale. En un mantel guardado en un clóset cerrado, los puntitos grises metidos en el tejido son moho y no salen, las líneas amarillas en los dobleces vienen de años en la misma posición, y una mancha marrón y tiesa fue planchada encima y quedó fija. El vinil se agrieta en los pliegues con los años. En los guantes, busca partes chamuscadas y un acolchado gastado en la punta de los dedos.
Un anuncio de mantel que diga en qué mesa cabe:
da las medidas, la forma, la fibra de la etiqueta y cuántas servilletas trae, y fotografíalo extendido con luz de día para que el color se vea como es. Enseña cualquier marca. Si es una pieza con mola, fotografía también el revés y di de qué comunidad o artesana viene, si lo sabes. Quien venga desde Chitré por un camino con mola lo va a voltear para ver las puntadas antes de hablar de precio: quedan con buena luz y llévalo doblado suelto, no sellado en plástico, que así empieza el moho.