Rompecabezas

Compra y vende rompecabezas en Panamá.

Un rompecabezas de 1000 piezas que se armó una sola vez en un puente, unos de madera con perillas que el niño ya dejó atrás, una catedral en 3D que nunca salió de la caja: los rompecabezas se terminan y luego pasan años en un clóset, por eso es tan fácil darles otro dueño. Algunos son regalos sin abrir y la mayoría se ha armado una o dos veces. En los estantes de Panamá, las cajas de 1000 piezas sin marca conviven con rompecabezas de Disney o Marvel y con marcas europeas como Clementoni y Jumbo, y la diferencia se nota apenas encajas dos piezas.

El rompecabezas crece con quien lo arma:

los primeros son de madera, una bandeja con pocas figuras y una perilla en cada una para agarrarla, y esos encajan mejor en juguetes para niños pequeños. En preescolar llegan los rompecabezas de piso, unas pocas docenas de piezas gruesas de cartón que arman una imagen del tamaño de una alfombra. Los niños de escuela pasan a unos cientos y casi todos los adultos empiezan en 500. Las 1000 piezas son el formato adulto de siempre, y de 2000 para arriba es para quien puede prestar una mesa varias semanas. Los rompecabezas 3D son otro pasatiempo: edificios y globos terráqueos de espuma, y los kits de madera cortada con láser de Ugears o Rokr que terminan siendo relojes y cajas de música que funcionan. Los Wasgij de Jumbo le dan la vuelta a la idea: la tapa no muestra la imagen, sino lo que están mirando los personajes. Si el niño prefiere construir antes que encajar, los LEGO y los magnetos están en bloques de construcción, y los juegos con reglas y ganador, en juegos de mesa.

El grosor del cartón en un rompecabezas:

separa uno bueno de uno que desespera, aunque en el estante las dos cajas se vean iguales. Uno bien hecho está cortado en cartón firme: las piezas encajan con un clic, una parte terminada no se desarma al moverla y una pieza equivocada no entra. Los baratos usan cartón delgado que se dobla y se deshilacha en las orejitas, con formas tan repetidas que las piezas parecen encajar donde no van. Una impresión brillante refleja la luz del techo; un acabado mate, con textura de lino, no. Mide también la mesa: uno de 1000 piezas terminado ocupa unos 70 por 50 centímetros y se queda ahí hasta que se acaba, por eso las alfombrillas de fieltro enrollables y las tablas para rompecabezas aparecen junto con ellos.

Pagar por un Ravensburger o un Clementoni:

nuevo, uno de 1000 piezas sin marca cuesta unos $15 en Panamá, y las marcas europeas del mismo tamaño suelen andar entre $20 y $35. Ya abierto, la marca pesa menos de lo que parece. Un rompecabezas usado se vende sobre la palabra del dueño de que está completo, el comprador descuenta la pieza que podría faltar y la distancia entre una buena marca y una barata casi desaparece. Solo una caja con su plástico de fábrica guarda casi todo lo que costó, y por eso los regalos sin abrir son los que más fácil consiguen un precio justo.

La pieza que falta y nadie menciona:

es todo el riesgo de un rompecabezas usado. Pide una foto armado, pregunta cuántas veces se ha hecho y si en la casa hay un niño chiquito o un perro, porque las piezas se muerden y desaparecen debajo de los muebles. Revisa que la imagen de la tapa esté entera, o que venga el póster que traen adentro algunas marcas europeas, porque sin él uno grande cuesta mucho más. Uno pegado es un cuadro, no un rompecabezas, y el cartón guarda el olor a cigarrillo: huele la caja cuando lo vayas a buscar. En los de madera para niños, busca perillas partidas, tablas torcidas y huecos en cada bandeja. Un kit mecánico de madera que ya está armado es una maqueta terminada más que un rompecabezas, así que gira la manivela o dale cuerda y fíjate que los engranajes corran sin saltar.

Un rompecabezas armado por última vez:

te da la foto que la gente cree, así que termínalo una vez más antes de desarmarlo y fotografíalo desde arriba de día. Si falta algo, di exactamente qué: una pieza de cielo liso importa mucho menos que una de una cara, y un “faltan dos, las dos en el mar” igual le sirve a quien disfruta el reto. Indica la marca, el número de piezas y cuántas veces se ha armado, y si tienes varios, ofrécelos como un lote. Luego guarda las piezas en una bolsa con cierre dentro de la caja y pega la tapa con cinta, porque quien viene desde Aguadulce por uno de 2000 piezas quiere que todas lleguen con él a su casa.